Discurso de grado
Es un honor está aquí con ustedes, en especial, frente a mis compañeros y compañeras graduandos. He pensado mucho cómo empezar este discurso para poder representar a la mayoría de ustedes. Sin embargo, sé que es algo difícil, y que mi sesgo será inevitable, personal, ineludible.
Muchas veces me reuní con dos amigos (Iván y Javier) y una amiga (Sandra) a tomar cerveza en La Parva. Dentro de nuestras innumerables conversaciones, simulando que teníamos un programa como cuando Homero presenta un talk show junto a Lenny, Carl y Moe, casi siempre tratábamos un tema que sentíamos tan presente, tan cercano. Además de fútbol, TV, chismes y cuanta bobada se nos ocurriera, siempre nos asaltaba el tema de la intolerancia a las diversas opiniones políticas, el influjo de organizaciones tradicionales en la sociedad, el autoritarismo que se está apoderando tanto de nosotros como del vecino, de la influencia palpable de grupos violentos en ámbitos de la política, en el ámbito de las universidades públicas y otros.
Hace unos días mataron a un compañero de la Universidad de Antioquia en pleno campus. Aunque todavía no sé sabe bien cuáles fueron los motivos, corre una voz muy fuerte: grupos paramilitares, los mismos que trataron de imponernos un toque de queda a final del año pasado, los mismos que amenazaron un grupo de compañeros y profesores de la Universidad. Si esos grupos que tratan de silenciar a los miembros de la comunidad universitaria, causantes de la muerte despiadada de tantos compatriotas, aquellos hombres que ahora están fuera del país, enterrando ahora la justicia, la verdad y la reparación a sus víctimas, nuevamente dolientes, ahora del silencio, del olvido y nuevamente de la muerte, al momento de reclamar sus tierras. Muertes que han tenido una respuesta nula por parte del Estado. Esos grupos que algunos dicen que ya desaparecieron, que son parte del pasado, que ya se desmovilizaron totalmente. ¿Les suena conocido?
En El Tiempo del sábado pasado apareció una noticia sobre este suceso. En uno de sus apartados citan uno de los panfletos que circulan en el interior de la universidad. Uno de ellos dice lo siguiente: “Guerrilleros de mierda, ya no queremos que sigan engañando a la gente con su discurso marxista ni mucho menos con sus acciones de protesta que son un daño para Colombia. No los queremos ver más reuniditos en las oficinas de ingeniería, o de economía, ni en las cafeterías, ni en los pasillos ni en ninguna parte”. (Quiero resaltar el uso del diminutivo, por qué también pregunto ¿no se les hace conocido?) Bueno, mirando más allá de este detalle, esta amenaza implica una retórica del terror, de infundir miedo, de estigmatización profunda de cualquier espacio de reunión y protesta en las aulas de las universidades públicas. En una estigmatización de todos nosotros.
Esta retórica del miedo nos corroe a todos lentamente. Polariza, genera odios, nos inserta en una telaraña de mentiras, engaños, chuzadas y falsos positivos, quemas de carros de reciclaje a humildes trabajadores, asesinatos de sindicalistas y de estudiantes. De nosotros. Es el mundo de la desconfianza, de la intolerancia. Poco a poco las personas se van poniendo su venda, tapando su vista de todos los escándalos que nos rodean, legitimando ciertas formas de violencia y de barbarie. ¿Acaso no se deberían desvirtuar todas?
Pero esto es algo que no solamente nos pasa a nosotros. Últimamente he podido apreciar que en el mundo, sin querer herir la susceptibilidad de nadie, se está fortaleciendo una ola de conservadurismo fuerte. Es la niña de 9 años que en Brasil fue excomulgada por un obispo debido a un aborto que se practicó ante la violación de su padrastro, el cual según el obispo “no cometió un crimen tan grave como el de la madre” ¿Hay derecho? ¿Hay derecho a hacer sufrir a una niña por un delito tan atroz? O la mujer que estuvo en coma durante 17 años y la cual no podía morir dignamente, sin ver que nuestra vida nos pertenece a nosotros y no a unas leyes absurdas que avivan el sufrimiento y el dolor. O la violencia xenófoba que está emergiendo en Europa frente a los latinoamericanos y los africanos, las quemas de barrios gitanos, las patadas en los metros, los ataques salvajes a personas que están buscando cómo vivir en otra tierra debido a la falta de oportunidades en la propia. Es el miedo al otro, a romper los dogmas de ciertas instituciones, la inmersión en la retórica del terror, de echarle la culpa de todos nuestros males a los demás. No es sino que miren en Facebook para que vean la cantidad de grupos expresando odios, pidiendo asesinatos, llenos de ira y furia, enceguecidos por la sed de venganza.
Esta unión entre el conservadurismo y el miedo es necesaria para poder cumplir su cometido. Es necesario infectar a la gente de miles de temores para resguardarse en los dogmas tradicionales, en la no necesidad de generar un cambio, en el autoritarismo de una supuesta mano redentora que nos salvará de todos los malos y de todos los males. De la hecatombe. En nuestro país, esta retórica cumplió su labor de legitimar una agresiva contrarreforma agraria, la matanza de numerosas personas inocentes, la desaparición de pueblos enteros, cuando pusimos nuestra salvación en las manos de numerosos grupos armados de ambos bandos, asesinos mentirosos y cobardes que nos utilizaron a todos como carne de cañón, augurando nuestra redención en la incapacidad de solucionar nuestros problemas por otras vías y por otras alternativas. Toda la violencia que legitimamos se nos salió de las manos.
Ustedes me preguntaran qué tiene qué ver todo esto con nosotros, los que nos graduamos hoy en día: mucho. Definitivamente. Ante la intolerancia que vivimos, ante el miedo que nos infunden cotidianamente no tenemos otra alternativa que actuar. El fin de la estigmatización, de la exclusión y del miedo debe venir de nosotros. Lo que les quiero decir a todos los presentes, es que debemos abogar por la construcción de una sociedad más liberal y democrática. Y con esto no quiero referirme al Partido Liberal ni mucho menos. Nada de Gaviria, ni de Pardo, ni de Piedad. No les estoy hablando de ellos. Les estoy hablando de una sociedad más inclusiva, más atenta de las libertades individuales, más dispuesta a la crítica política, más segura de condenar cualquier tipo de violencia, más proclive a construir un proceso de memoria que nos incluya a todos y no solamente a los soldados muertos, sino a todos los campesinos y campesinas, humoristas, magistrados, políticos, empleados de cafeterías, indígenas asesinados tanto por el Gobierno como por otros grupos armados y tantos compatriotas que han muerto a lo largo de estos años.
¿Y por qué abogo por este paradigma? Porque Colombia ha sido una sociedad que, históricamente, se ha caracterizado por su conservadurismo en todos los aspectos. Porque la intensa lucha que han tenido que librar los homosexuales para lograr sus derechos (aún inconclusos), la homofobia que tienen que sufrir en las escuelas o la lucha del género femenino por lograr la paridad en las cuotas burocráticas (hecho nunca logrado) o el uso de medios anticonceptivos a los cuales la Iglesia se opone se ancla en una estructura inmóvil y petrificada. Aquella que defiende la intensa lucha del gobierno por penalizar la dosis personal en contra de todas las recomendaciones internacionales, en un regreso del paternalismo sobre las costumbres y la vida privada que el Estado no debe tener, una invasión a la libertad personal, avivando las llamas de nuestro conflicto, castigando a quien cargue una pequeña cantidad de droga en su bolsillo, mientras los grandes capos viajan a otros países a cambiar sus años de prisión por dar unas cuantas rutas, o se quedan acá influyendo en la política local con las visitas de sus abogados a ciertas instancias del poder. Sólo son ejemplos. Y sólo son ejemplos que pueden ser cuestionados a partir del debate que seamos capaces de generar sobre ellos, del control que ejerzamos a partir de nuestras ramas, de nuestros conocimientos, de aquello que aprendimos en estos años.
De aquí veo que nace parte de nuestra tarea. El derecho a la vida, la tolerancia y la libertad de la que tanto se nos habla no se construyen de la noche a la mañana. No sólo son necesarios los artículos académicos, sino a partir de ellos elaborar el ataúd del miedo hacia lo que nos han inculcado que no es “normal”. Y sobre todo a aquello que nos han metido que está “bien”: la muerte, el desplazamiento, el silencio. Algo que aprendí en esta universidad fue a ver a personas de todo tipo y de todas las opiniones, con diferentes inclinaciones sexuales, religiosas y políticas y ser respetadas por ellas. Aunque aveces también mostrábamos nuestra intolerancia, en especial en los numerosos paros que tuvimos que afrontar, donde unos pocos tomaron nuestra vocería para imponer sus opiniones sobre nosotros. Ahí fallamos. Las opiniones deben ser construidas a partir del consenso y de la argumentación. No de aquellos que gritan más fuerte y se oponen a cualquier tipo de cambio, convirtiéndose en parte de la conservatización de nuestro campus.
Así, parte de nosotros y nosotras debe romper ese vínculo que se estableció entre miedo y conservadurismo. Hace poco quedé preocupado por una afirmación que tildaba a un grupo de colombianas y colombianos que no están de acuerdo con que el fin de la guerra sea hasta que muera el último guerrillero y que defienden un acuerdo humanitario para liberar a los secuestrados. Fueron calificados como “intelectuales de las FARC”. ¿Acaso no compartir las opiniones del gobierno nos vuelven miembros de este grupo de asesinos? Y no sólo eso, en esta frase se esconde un profundo desprecio hacia la labor de pensar. Es un desprecio a todos nosotros nuevamente, en un lazo que no permite que intervengan la reflexión y el análisis con un mínimo de disenso de la voz oficial. Aunque no estoy de acuerdo con el epíteto de intelectual, (más que nada, por el aire de arrogancia que éste ha tomado por parte de quienes se sienten identificados por este término), siento que nuevamente aquellos que pensamos desde otra perspectiva somos constantemente estigmatizados, encerrados en pequeños espacios donde podemos hablar, pero constantemente monitoreados por algunos grupos que amenazan, desaparecen y matan a nuestros compañeros.
A veces me pregunto qué papel tienen las ciencias humanas dentro de todo esto. Y veo tres posibles caminos a seguir para romper ese lazo con el cual nos están atando. La defensa de las libertades personales a ultranza, la tolerancia hacia las distintas opciones políticas no violentas y la construcción de una memoria incluyente que por fin ayude en algo a consolidarnos como nación. Todo suena muy político. Pero no podemos olvidar que nos movemos dentro del marco de lo político y que lo personal también lo es, mucho más nuestro trabajo como investigadores, profesores, trabajadores de entidades públicas, ONG’s, etc. Y todo esto a través de un cambio profundo en nuestras formas de pensar y sobre todo de exponerlo a la gente, eliminando la retórica trasnochada y anacrónica, generando un nuevo espectro de posibilidades a nuestro discurso y a nuestras actuaciones que sea un fuerte contrapeso a la retórica conservadora que les he estado planteando.
Gran parte de este cometido nace de nuestra propia experiencia de estudio de la sociedad y de las luchas que he visto se han vivido dentro de la universidad. Es un camino que comenzamos y del cual queda bastante por recorrer. Pero del cual tenemos enormes ejemplos. El semestre pasado murió el maestro Orlando Fals Borda. Era el representante perfecto de este compromiso con el cambio propuesto desde la Universidad y del trabajo directo con campesinos y actores sociales. Una vida dedicada a fortalecer los lazos en pos de una sociedad más democrática y más incluyente. Alguien que luchó contra la violencia en todas sus formas y que hasta el final de su vida siguió expresando sus opiniones dentro de un análisis lúcido, brillante, concreto.
Hace poco haciendo un trabajo me encontré un hermoso fragmento de un poema de Paul Celan: Un extraño extravío /tomó cuerpo allí mismo/ tú/estuviste/a punto/de vivir. Es una metáfora de algo por cumplir, de aquello que no se ha realizado, de lo que tal vez nunca se le dará la posibilidad de existir. Una pérdida, un cuerpo que se convierte en invivible a partir de la extrañeza, de la imposibilidad de encontrar un camino. Pero también es un límite, un límite que se puede superar, un estuviste que está a la espera en la forma de un cuerpo que busca ser habitado. Tal vez nosotros podamos habitarlo de alguna forma. Tal vez nosotros seamos capaces de darle la posibilidad de vivir. De darle la oportunidad de romper el miedo de la extrañeza. De habitar lo que les estoy planteando.
Hoy veremos el diploma que nos habrán de dar. Y sobre todo quiero sentir el orgullo de ver el nombre grande de la Universidad en la parte superior y que abajo esté mi nombre, nuestros nombres. Y es aquí cuando la consigna que tantas veces he escuchado en marchas, asambleas y demás cobra mayor sentido. Cuando por fin lo puedo articular en un marco más grande, en un discurso más elaborado. Ese “Somos UN somos un grito de libertad” alcanza su mayor significado. No sólo para nosotros. Para los que están fuera de este auditorio también. Felicitaciones a todos ustedes compañeros y compañeras y a todos quienes nos están acompañando. Es su logro también. Gracias.
Etiquetas: actualidad, discurso








