jueves, septiembre 29, 2011

Acto de arrepentimiento

Acepto que soy de aquellos que se ríe de la gente que va en los carros mientras voy en Transmilenio. Siento un enorme placer al ver como voy avanzando en un bus y ellos se quedan quietos en sus carros, pitando y sufriendo por el estrés. También pienso en los que van en un taxi, mirando como avanza el taxímetro pero ellos no. Estancados y haciendo cuentas. Me los imagino vociferando por el tráfico, diciendo que es una mierda, echándole la madre a Sammy y demás rituales para mantener la neurosis calmada y no bajar del carro y agarrar a golpes los espejos retrovisores de los demás. Mientras tanto, el Transmilenio avanza y los dejo atrás pensando: “bien hecho, quien los manda a andar en carro”.

Sí, yo era de los que pensaba que aquellos que andaban en carro en hora pico eran unos desconsiderados con el resto de la ciudad. Sostuve numerosas discusiones defendiendo ideas como el incremento de los precios de los parqueaderos, el cobro por el uso de autopistas y el centro sólo para peatones. Eso sí, nunca que subiera el precio de la gasolina, porque no quería ser desconsiderado con mis compatriotas y con Juan Manuel Corzo. Ideas que hicieran costoso tener carro. Que la gente lo dejara en sus casas y que sólo lo usara cuando fuera estrictamente necesario (vueltas importantes, hacer mercado, citas médicas, urgencias y demás). Tengo que aceptar que gran parte de este pensamiento estaba mediado por mi incapacidad para manejar un automotor y por la pereza inmensa que me daría manejar en esta ciudad, dónde uno sería cerrado constantemente por buses y taxis. Además, si sufro de ira al volante siendo copiloto, no me imagino como sería siendo el piloto. Probablemente me bajaría del carro a romperle el espejo retrovisor a los otros.

Pero hoy me dí cuenta que había sido injusto con los dueños de los carros. Hoy me di cuenta que no son unos desconsiderados con la ciudad. Todo lo contrario. Son unos héroes, personas que desinteresadamente piensan en el bien común. No solamente nos dan la satisfacción de verlos atrapados en un trancón. También han permitido que no haya muertos en Transmilenio por una gresca o, simplemente, por asfixia (una vez le pasó eso a una mujer mientras iba en Transmilenio. Primero casi no le dan una silla. Y segundo alguien no quería abrir la ventana porque hacía mucho frío). Hoy, mientras iba en un bus articulado a las 6 de la tarde, (hora nefasta en un sistema cada día más nefasto) pensaba en qué pasaría si todas esas personas atascadas en sus vehículos decidieran dejarlos en sus casas y utilizar el transporte público. El día que eso pase será el apocalipsis en esta ciudad. Además de que físicamente no entraríamos en esos berracos buses ni en las estaciones, también nos tiraríamos más las losas con el peso de los buses ¿Se imaginan como sería la Caracas? Una trocha peor que la actual. Por otro lado, el Distrito sería demandado por múltiples lesiones de rodilla, crecería el número de enfermedades mentales en la población y se podría crear una nueva mafia de robo de celulares.

Sin embargo hay que ver el lado positivo de las cosas. Nuestra tolerancia seguirá aumentando con Transmilenio. Yo ya aprendí a vivir sin espacio vital. El concepto desapareció simplemente de mi mente. Además aprendí a ser más tolerante con los golpes. Ahora acepto que un montón de desconocidos me peguen y me empujen en todo momento. Algo bueno en este país. Me acostumbré a que me pasen literalmente por encima todos los días. También me acostumbré a nuestra incapacidad de pensar como sociedad al no cumplir con reglas sencillas de convivencia. Somos incapaces de cumplir tres órdenes sencillas: “deje salir primero” (en todos los casos: tanto en los buses como en las estaciones), “mantenga su derecha” y “la silla azul es para mujeres embarazadas, con niños de brazos o adultos mayores”. Además nuestra idea de solidaridad también crecerá. No falta que entre una persona con alguna de las características antes expuestas y alguien grite “para eso son las sillas azules” si le piden el puesto. No importa que el bus esté lleno y que llegar a la silla azul sea una odisea mayor que la de Ulises.

Antes era un idealista que apoyaba el transporte público. Pregonaba que uno no debería moverse en una ciudad en un carro (a menos que sea esas ciudades gringas donde todo queda lejos e ir en transporte público es mal visto). Pero ahora estoy en contra de ella. Olvidaré mi idea del carro como símbolo de status y de contaminación. Ahora abogaré porque todos compren carro. Porque dejen de montar en Transmilenio e inviertan esos $3400 pesos en un Twingo. Hace poco vi una propaganda que anunciaba esta posibilidad. Me volveré representante de Renault en Colombia. Además también pienso en una posibilidad estética. Las luces de los carros hacen más bonita la ciudad.

lunes, junio 27, 2011

De realeza y neonazis

Hoy alcancé a ver un fragmento del partido entre Andy Murray y Richard Gasquet en Wimbledon. En varios momentos la cámara enfocaba al príncipe William y Kate Middleton, su esposa. Esto se repetiría un par de veces en el partido entre Juan Martín del Potro y Rafael Nadal. Esta imagen me hizo acordar del revuelo que causó su matrimonio en twitter. Algunas personas que sigo criticaban que la gente estuviera tan pendiente de un hecho, para muchos, banal e intrascendente. Había otros que mostraban su interés por verlo. Sin embargo, me llamaba mucho la atención los argumentos que utilizaban para deslegitimar a aquellos que mostraban algún interés por ver la transmisión.

Algunos decían que por qué nos iba a importar un hecho tan “lejano” (en este momento hablar que algo es lejano no parece muy pertinente), que por qué perdían el tiempo de esa forma. A mí me parecía un argumento parroquial. Por lo visto sólo puede interesarnos aquello que pase dentro de nuestras limitadas fronteras o, en el peor de los casos, en nuestra ciudad. Es una de las razones por las cuales (me incluyo) desconocemos noticias de otros lados, y sólo pensamos que el mundo empieza y termina en Uribe. Si ese argumento fuera válido no podríamos ver fútbol de otro lado, por ejemplo ¿Acaso la tanda de superclásicos en España no tuvo a más de uno (me incluyo) pendiente sólo de ese hecho por 2 semanas y media? Otro argumento utilizado fue el siguiente: ¿por qué la gente iba a madrugar a ver una boda? Que eso era algo, por decir lo menos, absurdo. Puede ser. Pero muchos también madrugamos a ver los partidos de los mundiales, por ejemplo. Recuerdo despertarme un día a las 2 a.m a ver un partido de Paraguay en el Mundial Corea-Japón. El partido (como la gran mayoría de partidos de Paraguay) fue un bodrio. Pero igual lo vi. Y sé que muchos hicieron lo mismo que yo. Unos dirán que es fútbol (me incluyo), que es un mundial y que, por lo tanto, es algo importante. Pero sí a otra persona le gusta madrugar a ver una pareja casarse pues es problema de esa persona, así como es mi problema madrugar a ver un partido de fútbol. Otro argumento era que eso era demasiado farandulero. Pero acaso ¿no hay muchos que esperan ver los premios Oscar o cuanto premio haya? Están pendientes de alfombras rojas, de cómo van vestidos, de quién está con quién. Disfrutamos con el chisme ¿Por que otros no pueden hacerlo también? Otra gente utilizaba el argumento del dinero. Qué se gastaba mucha plata en eso, qué eran los impuestos de la gente, que se podía gastar de mejor forma. Tal vez. Pero, al fin y al cabo, es plata de los británicos. Sé que muchos no están de acuerdo con este uso de los recursos dentro de Gran Bretaña. Pero creo que hasta ahora no han hecho lo suficiente tampoco. Si nosotros nos gastamos el dinero en paradas militares, o simplemente no lo robamos en actos perversos de corrupción ¿Por qué ellos no pueden gastarse el dinero en lo que se les de la gana?



Esto me lleva a la pregunta de qué es lo que legitima que ese dinero se gaste de esa forma y que la gente esté tan pendiente de dos personas que no tienen mayor talento (no sé requiere mucho para nacer hijo de un príncipe, ser hijo de una princesa que fue muy querida por un pueblo o ser la esposa de ese príncipe). Algo que me pareció curioso de la discusión es que casi nadie (y si alguien lo hizo no se volvió una idea predominante) cuestionó la misma institución de la realeza desde sus principios básicos. No que era una institución que gastaba mucho dinero o que estaba llena de escándalos. Sino desde su más elemental principio: hay personas que, por nacimiento, son superiores a otras y por eso están destinadas a gobernar sobre los demás. El excesivo énfasis mediático en esta figuras sólo nos muestra que esta idea persiste arraigada en lo más profundo de nosotros. La figura del rey sigue predominando en nuestras cabezas, se legitima cada día así no lo queramos aceptar. Por eso hicimos tanta alharaca cuando el rey Juan Carlos le dijo a Chávez “¿por qué no te callas?” (no estoy defendiendo a Chávez por que no tiene defensa ese hombre). El hecho es que celebramos el lugar desde el cual hizo el rey esa afirmación: desde su condición real. No se han preguntado ¿qué derecho tiene el rey para mandar callar a cualquier mandatario sudamericano, sea quién sea?

En ese mismo tiempo estuvo en boga la noticia sobre los nazis criollos o morenazis como fueron llamados en muchos sitios. Sin embargo quiero ir más allá de lo patético de la situación, de la apología al delito y al genocidio y de que brindaran con vino con hielo en vasos plásticos. Cuando salió la noticia no podía con la indignación que sentía, al igual que muchos que la comentaron. Neonazis en pleno centro de la ciudad, uniformados, con brazaletes marcados con la cruz gamada era una situación hilarante y, al mismo tiempo, bochornosa y terrible para una sociedad que se cree multicultural e incluyente (una situación más entre muchas). Nuevamente empezaron a surgir argumentos que los atacaban. Más allá de los mencionados anteriormente, la crítica más fuerte que se le hacía a este grupo era que por qué no se miraban a un espejo, que si no veían que eran mestizos, que eran indígenas, que cualquier nazi en Alemania los hubiera cogido a patadas (cosa que me imagino cierta). El argumento en sí, era que ellos no eran blancos y que eran unos pobres idiotas por creer que podían ser nazis (lo de idiotas no se lo voy a negar a nadie). Sin embargo, este argumento me sorprendía totalmente ¿Es decir que si estos neonazis criollos hubieran sido blancos, descendientes “puros” de los arios, tendrían todo el derecho de ser nazis?

Este argumento me desconcertó y caí en cuenta de lo interiorizado que tenemos los conceptos de blancura y pureza en nuestro diario vivir. Por un momento me sentí en la colonia, en la época de la limpieza de sangre y de los estatutos necesarios para probarla. Sentí que si alguien llenaba un certificado y probaba a través de árboles genealógicos su “pureza” blanca podía ser un nazi legítimo. Con esto no se estaba cuestionando el nazismo. Se estaba cuestionando que no fueran blancos, que fueran “indios” que, como le escuché a alguien, eran unos “huitotos incapaces de verse en un espejo”. Lo sorprendente de esta situación es el doble racismo que maneja. En primer lugar ellos eran incapaces de darse cuenta de que eran unos “chibchas”, frase dicha con el mayor desprecio posible. Y, en segundo lugar, seguía legitimando el ideal de pureza y de blancura que existe desde épocas de la colonia. Esta es una de las mayores muestras de colonialismo que persiste en nosotros. Hay “razas” (término que también podría discutirse pero no pienso extenderme más) que son mejores que otras. O, mejor dicho, los blancos son mejores que los demás y por eso tendrían derecho a ser nazis si lo quisieran. Podrían salir a coger a patadas a negros, homosexuales, travestis o judíos cuando se les diera la gana. O podrían agarrarme a patadas a mí o a usted ¿Por qué no?

El ataque entonces termina siendo falaz. No estoy diciendo que haya que apoyarlos ni mucho menos. Una ideología que revindica la muerte de 6 millones de personas y una política de exterminio sistemática no puede ser defendida de ningún modo. Pero con este tipo de argumentos lo que se hace el legitimar el mismo principio en el que se funda la discriminación. La idea de la superioridad de la raza blanca sobre las demás. Además termina siendo un argumento muy conveniente para nosotros mismos ¿O es que acaso en Colombia la gran mayoría no nos creemos blancos? Los reyes y los nazis siguen siendo superiores. La idea colonial de la autoridad real y la supremacía de los blancos persiste en nosotros.


Foto Revista Semana 24 de abril de 2011

sábado, abril 16, 2011

Por que yo también he tomado con delincuentes (en defensa de Tom y Jerry)

Hace poco salió una noticia sobre la presunta relación de Tom y Jerry (a.k.a Tomás y Jerónimo Uribe) con Héctor Ignacio ‘Nacho’ Rodríguez Acevedo, quien fue elegido concejal de Santa Marta con apoyo del Bloque Tayrona de las Autodefensas y quien tenía una estrecha relación con “El Canoso”, segundo al mando de “Hernán Giraldo”. El escándalo que se ha desatado tiene como punto central las presuntas rumbas en las cuales Tom y Jerry han compartido con este par de nefastos personajes (sin decir que ellos no lo sean). Comparsas de carnaval, rumbas en la playa y negocios con artesanías. Creo que los hermanos Uribe son los únicos en este país que se han hecho ricos vendiendo sombreros voltiados o como se escriba. Pero yo los entiendo. Porque me pregunto quién en este país no ha tomado con un delincuente. La posibilidad es supremamente alta, como un amigo al cual el traqueto del barrio siempre le invitaba rondas a toda la tienda cuando estaba tomando con sus amigos. Ése también ha sido mi caso. Yo también he tomado con delincuentes. Casualmente, pero lo he hecho, así como los pobres de Tom y Jerry.

A mí me ha pasado dos veces. La verdad no me acuerdo cual fue la primera vez porque fueron hechos muy cercanos. Una fue en Tabio. Un amigo del colegio se iba a vivir seis meses a Argentina. Decidimos hacer una despedida entre nosotros e irnos a beber un domingo a este pueblo, como ya lo habíamos hecho una vez unos meses antes, saliendo en condiciones lamentables. Ese día nos sentamos en una mesa de una tienda y pedimos un petaco de cerveza. Éramos 5 y empezamos a tomar de una forma moderada, charladita, la mejor forma en que se puede disfrutar esta bebida. A la hora se nos sentó un señor al lado. Con sombrero, unas gafas enormes, camisa abierta a través de la cual se le podían ver unas cadenas de oro y anillos en casi todos sus dedos. Nos dijo que se le invitábamos una cerveza y en nuestro buen ánimo dijimos que sí. Empezó a hablarnos y tenía una extraña manera de llamarnos, “este muchacho es una preciosura” “belleza hermosura” y así para referirse a todas las cosas que decía. Eso fue una “belleza hermosura” “Pepito era una preciosura de persona”. Hasta que empezó a decirnos que había sido parte de los paramilitares y que le había tocado huir a la zona después del proceso de paz. Que lo querían matar y que tenía lista una pistola en la casa. Nos la describió y nos contó que había trabajado con “Don Berna” y con “Ramón Isaza”, que ese viejo era “una hermosura”, que él no era culpable de todo lo que le imputaban, que ese “viejo hermoso” no era capaz de hacer nada de eso, que era todo un señor, apacible y respetuoso. Que la gente primero los había visto como héroes y ahora como delincuentes. Así como Batman, así mismo. Luego empezó a hablar de masacres, de motosierras, cadáveres y demás a medida que seguía tomando. Nosotros sólo atinábamos a mirarnos incrédulos y muertos del susto, esperando que se acabara la cerveza que se estaba tomando y escuchando como decía que los muchachos de la capital eran “hermosos, unas preciosuras”. Cuando acabó la tercera cerveza le dijimos que era la última, que no le íbamos a gastar más, que ya había sido suficiente. Nos miró y nos dijo que le gastáramos otra, qué estos muchachos tan hermosos. Ante nuestra negativa se paró y se fue dando tumbos. O nos estaba timando para tomar (que es lo que ahora creo) o todo era cierto. Nunca lo podremos saber.

La otra vez estábamos en un bar que se llamaba Rosario en la 121 con 7ª en el cumpleaños de una amiga. Aunque la música era algo aburrida (mucha electrónica), en la mesa de al lado había una mujer impresionante. Divina, en otras palabras, y ustedes me perdonarán, muy buena. Pero estaba rodeada de dos manes gigantes. Ella miraba nuestra mesa y a todos nosotros bailando. En algún momento me animé y quería sacarla a bailar, pero estaba buscando el momento justo (es decir que por fin nos dieran el gusto de una canción buena). De repente se nos acercó un hombre pequeño pero fornido por detrás y nos abrazó a varios de nosotros. Lo primero que nos dijo fue: “muchachos si ven a esa mujer ahí sentada. Es mi mujer y nadie, pero nadie puede mirarla. Al que la mire y se le acerque le pego un balazo”. Y después de eso nos dio una ronda de aguardiente, muerto de la risa. Luego fue a su mesa e hizo los mismo con los dos hombres que estaban acompañando a la mujer. Pasaba de vez en cuando y nos daba una nueva ronda. Y después nos regaló una botella, todo mientras la mujer seguía mirando desde su mesa. Cerca de las 12 prendieron la luz del sitio. De repente entró la policía a pedir papeles a todo el mundo. El traqueto (supongo que lo era) se nos acercó y nos dijo “tranquilos muchachos que me están buscando. Ya arreglo este problema”. La policía llegó a su mesa, habló con él 3 minutos y se fueron. Sí, se fueron. Apagaron la luz nuevamente y la rumba continuó. Siguió repartiéndonos aguardiente mientras nos abrazaba y de un momento a otro cogió a un par de amigos, sacó unas llaves de su bolsillo y les dijo “muchachos les regalo mi carro. Aquí están las llaves. Búsquenlo afuera”. Mis amigos se miraron absortos y le dijeron “tranquilo, todo bien, no se preocupe”. Le devolvieron las llaves y él les sirvió otra copa de aguardiente. Luego estábamos diciendo que era preferible hacerle el desplante y no que al otro día se acordara de lo que había dicho y saliera a buscarnos para recuperar su camioneta. Se acabó la fiesta, nos fuimos y nos despedimos del hombre, mientras la mujer seguía sentada como lo estuvo toda la noche o bailando sola detrás de sus dos guardaespaldas.

Por esto digo que entiendo a Tom y Jerry. Tomar en este país con un delincuente es algo que puede pasar todos los días. Estoy seguro que ellos no tenían ni la mínima idea de con quien se estaban metiendo. Así toda la Costa lo supiera. Estoy seguro que ellos, a pesar de estar tan bien informados como siempre lo estaban (los lotes de la zona franca de Mosquera por ejemplo), no sabían absolutamente nada, menos si estaban haciendo negocios con ellos, con esa nueva mina de oro que son las artesanías y vender manillas (estos muchachos deben ser la envidia de los hippies). Además como los van a culpar por hacer una comparsa en defensa del Tití cabeciblanco, si ellos son tan buenos ambientalistas. Por otro lado rumbear con estos personajes debe ser muy buen negocio. Whisky a la lata. Petacos de whisky, no como a nosotros que nos tocó gastarle cerveza a uno de ellos. Así espero que no les sigan dando duro a estos buenos muchachos, ellos no tienen la culpa de no conocer a nadie decente. Ellos sólo fueron un par de inocentes, que casualmente se encontraron con este tipo de personas ¡Ah! Perdón, esos fuimos nosotros.

miércoles, diciembre 08, 2010

Life in Technicolor


Estaba sentado en el sofá de su casa, con su vestido gris nuevo frente a una televisión en technicolor. Con el saco abierto, sus zapatos negros, gafas grandes y con marco oscuro y su pelo desordenado. Nada más allá de un día normal. La tele aburrida como siempre, un té helado al frente y la cabeza en otro lado. Eso era lo más importante. Nunca estaba ahí, las imágenes pasaban frente a él sin ninguna repercusión. Mujeres bailando, hombres hablando o matando a otros hombres, niñas riéndose y niños siendo crueles con otros niños. Todo a color y en alta definición, sin pausas, bombardeo constante frente a unos ojos que nunca estaban viendo. Seguía sentado en su sofá. Se escurría paulatinamente, sacaba una novela, leía 10 páginas, la cerraba, ponía música y más adelante volvía a leer. Mientras el noticiero sonaba de fondo, mil tragedias eran contadas y el eco en él era vacío, incorruptible. De vez en cuando ponía una película, Clint Eastwood, Batman (la última) o tal vez algo de Robert Downey Jr.

Era todo lo que pasaba al frente suyo. El teléfono estaba cerca, pero nunca sonaba. Tenía cuentas en redes sociales. No pasaba mucho, por lo menos no algo que de verdad le importara. Tenía todo un imperio frente a él. El suyo, irrelevante como todo lo que lo rodeaba y hacía. Usualmente llovía afuera, pero en el fondo el clima era lo de menos. Saldría si tuviera a que. Mejor quedarse escuchando Mogwai, imaginando vidas y momentos paralelos o simplemente recordando aquello que había perdido. No tenía muchas más opciones, mucho más remedio. Era lo que podía recordar a blanco y negro, fijar su memoria como un lugar inolvidable, fósil y maldito. Millones de imágenes que se negaban pasar en technicolor, que no podían ser parte de esta tecnología o de la manera natural de ver la vida. No pasaban frente a él. Estaban con él, enquistadas en lo más profundo, aparecían en sus sueños, no lo dejaban dormir. Se negaba la posibilidad de soñar con algo que había sucedido o que sabría que nunca iba a suceder. No valía la pena. Sus noches de insomnio eran épicas. Siempre despertaba a la misma hora y daba vueltas constantemente. Soñaba con una sonrisa en blanco y negro por las calles de Los Ángeles.



Technicolor. Buscaba desesperadamente el technicolor. Dejar atrás el blanco y negro que lo perseguía. Decidió salir en un atardecer después de la lluvia. Un ligero color oscuro, esa luz azul que nos rodea en esa hora específica de la tarde. Aquella que queda después de esos pequeños resplandores del sol, de sus rayos moribundos. Caminaba por las calles que en algún momento fueron suyas, inundadas por la luz de los edificios, de los postes, de las luces de los carros. Pero no veía a nadie en la calle. Más allá de los conductores de algunos vehículos que pasaban rápidamente, era incapaz de ver que alguien pasaba a su lado. Sólo veía fragmentos en blanco y negro sobre los rostros de los demás. Rostros que se transfiguraban en momentos precisos y lugares concretos. Aquello que lo perseguía, fragmentos, situaciones inconexas entre sí, incapaz de mantener una linealidad en su pensamiento. Lo que pasaba a su lado no era nada más que eso: un collage. Sonrisas, besos, charlas, camas, lágrimas, haciendas, carros, ciudades, vestidos de prom, partidos de volley, ingenios, pequeños movimientos para que dejara de roncar, groserías, cervezas, jazz, como te cogías el pelo cuando por fin encontrabas la moña, aguardiente, Bomba Estéreo, miradores, cultivos de moras, películas, Wall-E, conciertos, Drexler, róbame, take me somewhere nice.



Technicolor Dreams por Carrie Allbritton

No era mucho lo que esperaba. Sabía que no tendría un escape definitivo. El blanco y negro se dedicaba a obstaculizar el technicolor. Éste último sólo sería lo que fue: algo demasiado elaborado. Lo otro era básico, instintivo, ruido puro. Lo devoraba, lo constituía. Sabía muy en el fondo que dos correctos hacían una mala y que era una suma de fragmentos. Pero eso no lo detenía en que debía seguir caminando. Sentía la ciudad como un lugar extraño y confuso. El frío iba creciendo y no sabía a donde iba. En realidad era incapaz de ver a donde se dirigía. El technicolor de la ciudad era vacuo y débil frente a los fragmentos. Cada muro se convertía en un telón de cine. Las imágenes se proyectaban constantemente, invadían cada centímetro de ladrillo. Se tomaban los edificios altos, los cuales se volvían un receptor de imágenes en movimiento al igual que cada valla. Las calles se iban borrando paulatinamente y las luces de los carros y de los postes sólo servían de decorado a todo lo que estaba viendo. La ciudad en technicolor simplemente ya no existía para él, o por lo menos no en ese momento. La gente se volvía una extensión de sus recuerdos. Sus cabezas eran televisores que sólo mostraban imágenes en blanco y negro de un puñado de recuerdos. Sus cuerpos ya no existían, ya no valía la pena contemplarlos. Todo se centraba en la parte superior, en un aparato receptor. Sólo la señal importaba. De un momento a otro ya ni los carros hacían parte del decorado. Simplemente eran imágenes andantes que avanzaban a 30 km/h, a veces a menos. En varias ocasiones eran imágenes que transitaban a la misma velocidad que él, con las cuales podía hablar o sonreír o simplemente dejar a un lado.

Todo era como un inmenso sonar. Miles de pantallas que pasaban un millón de recuerdos. Tu inmensa sonrisa a blanco y negro. Ya no había personas, ni edificios, ni muros, ni carros. Toda la ciudad se volvía un recuerdo de tu nombre.

There is no life in technicolor



Technicolor 2 por Manuel Goursolle

jueves, noviembre 25, 2010

Pop song: 2666 maneras de matar a una mujer (con ruido)

2666 formas de matar a una mujer (con ruido) by Nicolás González

Basada en un fragmento de 2666 de Roberto Bolaño.

Instrucciones: por favor escuchar con audífonos, suenan mejor los detalles. Si no tiene unos cerca, no hay problema, pero en serio se escucha mucho mejor con audífonos.

Este ejercicio nació como un recorrido a los sonidos cotidianos de mi vida. A partir del concepto de audiotopía de Josh Kun, trataba de crear una pista en la cual pudiera reimaginar mi cotidianidad, reimaginar los sonidos que me rodean. Trata de imaginar un relato sonoro donde diera cabida a aquello que tal vez muchas veces ignoro y que construyen lo que escucho, siento y percibo. Tampoco podía ser muy ambicioso por que hice las grabaciones en mi casa, aunque también debo aceptar que paso una gran cantidad de tiempo en ella. Como diría Checho, la vida de un estudiante de posgrado con un trabajo de medio tiempo.

Así empecé a grabar. Sonidos como el de mi mamá en el patio, la ducha, el televisor, la radio, la calle, la ciudad, el computador, música, el sonido de una servilleta, un partido de fútbol, de tenis, el tweetdeck, todos aquellos ruidos que me rodean cada día. Hasta que en un momento decidí grabarme leyendo, tal vez el ruido que más me acompaña cada día. Escogí un fragmento de 2666 de Roberto Bolaño una de las obras literarias que más me ha impactado. Pero no fue una decisión ingenua ni espontánea. Escogí el fragmento que más me marcó, los chistes, aquellos relatos “inocentes” que muestran nuestro odio contra los otros, en este caso hacia las otras. Hoy 25 de noviembre, día en que se celebra el día internacional de la NO violencia contra las mujeres, decidí mostrar una de las tantas maneras en las que se esconde nuestra violencia. O más bien la violencia estructural que se da contra ellas a cada momento, en cada segundo, en la manera como construimos nuestras relaciones a partir de un odio que parece primigenio, originario. Aunque nada más falso que esto, no hay nada originario, primigenio, puro ni natural.

González es el personaje que cuenta los chistes. Paradójico. Pero no menos cierto. Con esto quiero decir que mi reimaginación no deja inocentes. Aquellos que vivimos en un ataúd, que ya estamos muertos o actuamos como tales. Los cuenta un González, los lee un González. Es una reimaginación de una nación (ni siquiera, más bien de Latinoamérica) con rabia, dolor, lágrimas en los ojos y nauseas. Con ganas de crear molestias, incomodidad, ruido que llegue hasta lo más profundo de los tímpanos, que tal vez nos deje sordos en algún momento. Una reimaginación de la cotidianidad, que sólo muestra nuestra indiferencia inmensa ante ésta, ante ese ruido que subyace a todos los ruidos, frente a esa narrativa que por más ruido que haya no se calla. No se calla nunca, habla tranquilo, como si nada, por más que casi no se le escuche, como si fuera perfecto. Es la imagen de aquellos sentados en la barra, que simplemente no ponen atención o que si lo hacen no hacen nada al respecto. De los que somos victimarios. De aquellos que sólo miramos, escuchamos, atenidos de sueño, simplemente fijando en la retina a los mordelones y a los judiciales, mientras en el fondo suena una dulce canción de pop, casi light, festiva, que nos enseña 2666 maneras de matar a una mujer (con ruido).

Esta audiotopía está dedicada a una de las mujeres maravillosas que me cambió la vida. Ella sabe quién es, y lo sabrá cuando lea esto. Sólo quería darte las gracias. En serio, muchas gracias por todo. Y pedirte perdón. Perdón por todo.





No más violencia contra las mujeres

sábado, octubre 02, 2010

Mirando hacia arriba

Este fue un relato que hice para una clase en la U sobre narrativas de la ciudad. Espero que les guste.

Los edificios no siempre se viven en la superficie o en sus pisos. Hay algunos que se viven en los techos, como los de Rogelio Salmona. La gente transita encima de los otros, se acuesta, se sienta o simplemente se reúne para actividades tan dispares como estudiar, besar, leer, mirar al horizonte, comer o hablar. En estos espacios de Salmona, las personas viven y sienten la ciudad de forma particular. Los techos de sus edificios reúnen a una gran cantidad que no sólo los habitan, sino que los producen o, simplemente, los recuerdan. El Centro Cultural Gabriel García Márquez queda en pleno centro de la ciudad. El edificio de Posgrados Rogelio Salmona queda en la Universidad Nacional de Colombia, por la calle 26. Ambos edificios cuentan con las mismas características. Espacios redondos, espejos de agua, techos circulares y vistas amplias que favorecen que la gente disfrute arriba y no abajo. Estos espacios amplios son experimentados de distintas formas.

Para empezar los edificios de Salmona atraen a muchas parejas, en especial de jóvenes, los cuales se acuestan en sus techos o se sientan en sus anfiteatros para besarse, tocarse, o tomarse fotos. El viernes que fui al Gabriel García Márquez encontré una pareja de jóvenes acostados en el suelo, mientras les daba el sol y miraban los edificios que tenían al frente. Los dos peinados de medio lado, se consentían mutuamente. Después se levantaron y él la alzó. Pensando que nadie los estaba viendo, metía la mano dentro del pantalón de ella para tocarle la cola. Ella después hizo lo mismo. Se besaban apasionadamente y se miraban con sus rostros pegados, con la música de mi Ipod de fondo. Detrás de ellos había un edificio residencial alto que rompía con el esquema arquitectónico de esta parte del centro y que contrastaba con las formas circulares del Centro Cultural. Un edificio de ladrillo, viejo, sucio. Quién sabe cómo será el techo de ese edificio. Quién sabe si alguien ha subido alguna vez a él. La pareja dejó de ser tan cariñosa al fijarse en mi presencia y decidieron irse. Tras su partida, llegaron dos grupos de amigos y amigas a tomarse fotos. En primer lugar llegó un grupo de dos hombres y dos mujeres con una cámara. Se hicieron cerca a mí, y empezaron a fotografiarse de distintas maneras. A través de la ventana, uno de ellos le tomaba fotos a la cola de una de las mujeres sin que se diera cuenta, luego de a parejas, de a tres, después todos juntos mientras ponían la cámara automática y buscaban un punto estratégico para que todos salieran. El edificio se convertía en el sostén de la cámara y éste ni siquiera salía en el fondo. A los 15 minutos llegó otro grupo. Éste mucho más grande, de aproximadamente 12 personas. Se notaba que eran universitarios, casi primíparos y muy arreglados. Sacaron una bolsa de cervezas y cada cual tomó una. Mientras comenzaban a tomársela, empezó la sesión fotográfica. Empezaron las diversas fotos en grupo, primero las mujeres, luego los hombres, luego una de ellas con todos los niños y así sucesivamente. Después grupos más pequeños, repitamos la foto, todos mirando para allá, ahora de a dos, de a tres, pidámosle a las niñas de al lado que nos haga el favor para que salgamos todos. Luego de 30 minutos se fueron. Mientras tanto el otro grupo estaba finalizando la sesión y también decidió irse. Me pregunto dónde irán a parar esas fotos y sobre todo cuál es el propósito de ellas. Por lo que pude ver y por lo que sé muchas de ellas irán a para a Facebook o a cualquier red social.

La forma en que se desarrolló la experiencia de ellos en el techo no sólo estaba ligada al lugar sino a la posterior exposición de lo que hicieron en él en el mundo virtual. Experimentar el techo como paisaje de la foto, también nos muestra la forma en que experimentamos lo arquitectónico. Pero no es sólo el paisaje. Es el punto de encuentro, el lugar retratado, el lugar donde nos retratamos. Las fotos de ellos y ellas se centraban exclusivamente en ellos y ellas. Pero los techos de Salmona también nos dan otras posibilidades. Más adelante llegaron dos camiones y se parquearon al frente del edificio. Unos hombres sacaron unos bafles muy grandes y empezaron el montaje de sonido para un evento. El ruido de la prueba llamó la atención de la gente. De pronto más personas empezaron a subir en gran cantidad y se iban acomodando en la zona circular que queda encima de una plazoleta de eventos. El techo se convirtió en tribuna y las personas se ubicaron para ver a un grupo de mujeres que ensayaban su acto con posiciones de ballet, movimientos graciosos y muchas risas. Así un palco improvisado rememoraba la gente que sale por sus ventanas a ver distintos espectáculos, como las Torres del Parque al frente de la plaza de toros, o como los edificios residenciales que quedan al frente del Estadio de Techo. Nuestro techo se convierte entonces en parte de un teatro y somos pocos los privilegiados que podemos sentarnos sin pisar las caras de los afiches de los escritores mexicanos que adornan el muro del espacio circular.

En el Edificio de Posgrados de la Universidad Nacional se presenta otro aspecto de la forma en que se viven nuestro espacio retratado. El día que subí un buen número de estudiantes estaba leyendo, sentados en el borde o en cornisas, en las escaleras o en muros. En el techo de la biblioteca había una pareja de amigas hablando, en todo el borde, mientras que en la esquina estaba un hombre leyendo y dándome la espalda. Pero este espacio lo he vivido mucho más. Y sus características son especiales. La forma de su techo permite mirar hacia el primer piso y su anfiteatro es un sitio especial para las parejas o para estudiar. Me acuerdo cuando alguna vez fui con una compañera con la que estaba saliendo. Fue la primera vez que me dijo te amo mientras veíamos el sol y las montañas, tal vez uno de los momentos de tranquilidad de nuestra extraña relación, la cual acabaría luego en llanto mutuo en el Parque de los Periodistas al atardecer. Y luego en un anochecer por mail mientras ella estaba en San Agustín y yo en California. Este anfiteatro se convertiría en el inicio de nuestra relación mientras mirábamos en la dirección a donde iba a terminar.

Esas montañas eran las mismas que años más adelante miraríamos en una clase de la maestría que tuvo lugar en el mismo sitio en la cual exponía Calibán de Roberto Fernández Retamar frente a mis compañeros y compañeras. Eran las 5:30 de la tarde en pleno atardecer, mientras me miraban y miraban las montañas, las hojas se me volaban por el intenso viento y el sol descendía a nuestras espaldas. Así desde el techo se podía ver los árboles de la universidad, Monserrate, el ruido de los carros transitando por la calle 26, así como en el Gabriel García Márquez se sienten los buses bajando por la 11, la gente transitando por la acera, el ruido de sitios cercanos donde se toma cerveza, la música que están probando para un evento de danza contemporánea en la plazoleta del edificio, la distorsión. Pero el techo se vive distinto bajo la lluvia. Mientras abajo la gente se guarece del agua mirando una exposición sobre reinterpretaciones de imágenes de los héroes de la independencia, subo a caminar sobre el techo bajo la lluvia bogotana, tenue, continua, excesivamente fría. El sol del otro día queda en el olvido. El cielo gris se expande desde los cerros y la gente me mira raro cuando ven que pretendo ir al segundo piso. Lo recorro lentamente. Los espacios ya no tienen personas. Me doy cuenta que una de las subidas a la parte más alta del techo está tapada con unas materas. Pero también me doy cuenta que existe la posibilidad de subir más, de llegar a un lugar donde se puede apreciar la ciudad desde otra óptica. Pero seguí caminando por el sitio que había explorado inicialmente. Ya no había gente sentada mirando hacia abajo, sólo estaban los afiches de los escritores mexicanos que adornan el Centro. Sólo se ven las oficinas al fondo, Aviatur, las oficinas del Fondo de Cultura Económica, El Corral. El movimiento de personas se ve dentro de ellas, mientras abajo la gente corre afanada por la lluvia y los carros y buses están en medio del tráfico lento característico de un día de éstos, o de muchos días en la ciudad.

Así, los techos de Salmona se viven de ciertas maneras o, mejor, nos permiten vivir ciertas cosas. El espacio nos permite vivir nuestras experiencias, llenarlo de recuerdos. Son las formas de la arquitectura del edificio lo que permite que esto pase. La posibilidad de habitar, recorrer, acostarse, sentarse en el techo no es algo usual de todos los edificios. La ciudad se vive de una forma distinta en los techos. Este extraño habitar, esta especie de mundo al revés está lleno de momentos que nos permiten ver la ciudad de otra manera, en la cual lo anónimo y lo cotidiano se pueden pensar desde cuerpos que se besan, que se tocan, que posan, que se quedan sentados quietos mientras leen o miran unas bailarinas que se mueven intensamente y un hombre sentado mira el horizonte de la universidad mientras otro hombre lo mira mirar.

jueves, septiembre 02, 2010

16 de junio de 2007

Este es un ejercicio retrospectivo inspirado en un artículo que estoy leyendo sobre performatividad queer y vergüenza. Es un texto que escribí hace 3 años en una tarjeta postal en la oficina de housekeeping en un hotel en California que me encontré hoy buscando una dirección. Es un esfuerzo por mirar atrás, sentir vergüenza, por leer sin distancia (y sin embargo no poder dejar de hacerlo). Simplemente una manera de rememorar la experiencia.




Hoy ha sido un día extraño. Es difícil levantarse acá. Fuera por mí y dormiría todo el día. Tal vez porque a veces da mamera trabajar. Pero creo que la verdadera razón es porque no quiero pensar. Y por eso siento que me da tanto sueño y que me gustaría dormir en todas las camas de este hotel menos en la mía. También existe el hecho de que casi siempre me toca el turno de la noche y me toca trabajar. Son horas esperando a que algún cliente llame a ver si quiere algo. En estos momentos mi única compañía son Bolaño, un radio en el que escucho todas las conversaciones del resort y un equipo que coge apenas unas cuantas emisoras. Aveces lo apago. Aveces sólo está el ruido de las bombillas. De esta forma me siento un poco vacío, con una sensación de extrañeza por una voz que me falta a cada momento. Pero hoy vi al oso. El oso. Vieras como todo gira acá en torno al oso. Cerramos las puertas por el oso, guardamos la basura por el oso, no salimos después de las 12 por el oso. El que vi hoy se parece un poco al de la foto. Era pequeño, de pelaje café y corría por las montañas y por la carretera como si nada. Intenté aproximarme lo más posible pero no pude. A pesar de todo son bastante rápidos. El oso paso a mi lado mientras jugaba tenis y sentía un dolor inmenso en el hombro. Sólo me gustaría poder contarte cosas como estas. Un lago inmenso y el oso. La puerta se desespera tras el silencio de quien la golpeó: el oso.