Los edificios no siempre se viven en la superficie o en sus pisos. Hay algunos que se viven en los techos, como los de Rogelio Salmona. La gente transita encima de los otros, se acuesta, se sienta o simplemente se reúne para actividades tan dispares como estudiar, besar, leer, mirar al horizonte, comer o hablar. En estos espacios de Salmona, las personas viven y sienten la ciudad de forma particular. Los techos de sus edificios reúnen a una gran cantidad que no sólo los habitan, sino que los producen o, simplemente, los recuerdan. El Centro Cultural Gabriel García Márquez queda en pleno centro de la ciudad. El edificio de Posgrados Rogelio Salmona queda en la Universidad Nacional de Colombia, por la calle 26. Ambos edificios cuentan con las mismas características. Espacios redondos, espejos de agua, techos circulares y vistas amplias que favorecen que la gente disfrute arriba y no abajo. Estos espacios amplios son experimentados de distintas formas.
Para empezar los edificios de Salmona atraen a muchas parejas, en especial de jóvenes, los cuales se acuestan en sus techos o se sientan en sus anfiteatros para besarse, tocarse, o tomarse fotos. El viernes que fui al Gabriel García Márquez encontré una pareja de jóvenes acostados en el suelo, mientras les daba el sol y miraban los edificios que tenían al frente. Los dos peinados de medio lado, se consentían mutuamente. Después se levantaron y él la alzó. Pensando que nadie los estaba viendo, metía la mano dentro del pantalón de ella para tocarle la cola. Ella después hizo lo mismo. Se besaban apasionadamente y se miraban con sus rostros pegados, con la música de mi Ipod de fondo. Detrás de ellos había un edificio residencial alto que rompía con el esquema arquitectónico de esta parte del centro y que contrastaba con las formas circulares del Centro Cultural. Un edificio de ladrillo, viejo, sucio. Quién sabe cómo será el techo de ese edificio. Quién sabe si alguien ha subido alguna vez a él. La pareja dejó de ser tan cariñosa al fijarse en mi presencia y decidieron irse. Tras su partida, llegaron dos grupos de amigos y amigas a tomarse fotos. En primer lugar llegó un grupo de dos hombres y dos mujeres con una cámara. Se hicieron cerca a mí, y empezaron a fotografiarse de distintas maneras. A través de la ventana, uno de ellos le tomaba fotos a la cola de una de las mujeres sin que se diera cuenta, luego de a parejas, de a tres, después todos juntos mientras ponían la cámara automática y buscaban un punto estratégico para que todos salieran. El edificio se convertía en el sostén de la cámara y éste ni siquiera salía en el fondo. A los 15 minutos llegó otro grupo. Éste mucho más grande, de aproximadamente 12 personas. Se notaba que eran universitarios, casi primíparos y muy arreglados. Sacaron una bolsa de cervezas y cada cual tomó una. Mientras comenzaban a tomársela, empezó la sesión fotográfica. Empezaron las diversas fotos en grupo, primero las mujeres, luego los hombres, luego una de ellas con todos los niños y así sucesivamente. Después grupos más pequeños, repitamos la foto, todos mirando para allá, ahora de a dos, de a tres, pidámosle a las niñas de al lado que nos haga el favor para que salgamos todos. Luego de 30 minutos se fueron. Mientras tanto el otro grupo estaba finalizando la sesión y también decidió irse. Me pregunto dónde irán a parar esas fotos y sobre todo cuál es el propósito de ellas. Por lo que pude ver y por lo que sé muchas de ellas irán a para a Facebook o a cualquier red social.
La forma en que se desarrolló la experiencia de ellos en el techo no sólo estaba ligada al lugar sino a la posterior exposición de lo que hicieron en él en el mundo virtual. Experimentar el techo como paisaje de la foto, también nos muestra la forma en que experimentamos lo arquitectónico. Pero no es sólo el paisaje. Es el punto de encuentro, el lugar retratado, el lugar donde nos retratamos. Las fotos de ellos y ellas se centraban exclusivamente en ellos y ellas. Pero los techos de Salmona también nos dan otras posibilidades. Más adelante llegaron dos camiones y se parquearon al frente del edificio. Unos hombres sacaron unos bafles muy grandes y empezaron el montaje de sonido para un evento. El ruido de la prueba llamó la atención de la gente. De pronto más personas empezaron a subir en gran cantidad y se iban acomodando en la zona circular que queda encima de una plazoleta de eventos. El techo se convirtió en tribuna y las personas se ubicaron para ver a un grupo de mujeres que ensayaban su acto con posiciones de ballet, movimientos graciosos y muchas risas. Así un palco improvisado rememoraba la gente que sale por sus ventanas a ver distintos espectáculos, como las Torres del Parque al frente de la plaza de toros, o como los edificios residenciales que quedan al frente del Estadio de Techo. Nuestro techo se convierte entonces en parte de un teatro y somos pocos los privilegiados que podemos sentarnos sin pisar las caras de los afiches de los escritores mexicanos que adornan el muro del espacio circular.
En el Edificio de Posgrados de la Universidad Nacional se presenta otro aspecto de la forma en que se viven nuestro espacio retratado. El día que subí un buen número de estudiantes estaba leyendo, sentados en el borde o en cornisas, en las escaleras o en muros. En el techo de la biblioteca había una pareja de amigas hablando, en todo el borde, mientras que en la esquina estaba un hombre leyendo y dándome la espalda. Pero este espacio lo he vivido mucho más. Y sus características son especiales. La forma de su techo permite mirar hacia el primer piso y su anfiteatro es un sitio especial para las parejas o para estudiar. Me acuerdo cuando alguna vez fui con una compañera con la que estaba saliendo. Fue la primera vez que me dijo te amo mientras veíamos el sol y las montañas, tal vez uno de los momentos de tranquilidad de nuestra extraña relación, la cual acabaría luego en llanto mutuo en el Parque de los Periodistas al atardecer. Y luego en un anochecer por mail mientras ella estaba en San Agustín y yo en California. Este anfiteatro se convertiría en el inicio de nuestra relación mientras mirábamos en la dirección a donde iba a terminar.
Esas montañas eran las mismas que años más adelante miraríamos en una clase de la maestría que tuvo lugar en el mismo sitio en la cual exponía Calibán de Roberto Fernández Retamar frente a mis compañeros y compañeras. Eran las 5:30 de la tarde en pleno atardecer, mientras me miraban y miraban las montañas, las hojas se me volaban por el intenso viento y el sol descendía a nuestras espaldas. Así desde el techo se podía ver los árboles de la universidad, Monserrate, el ruido de los carros transitando por la calle 26, así como en el Gabriel García Márquez se sienten los buses bajando por la 11, la gente transitando por la acera, el ruido de sitios cercanos donde se toma cerveza, la música que están probando para un evento de danza contemporánea en la plazoleta del edificio, la distorsión. Pero el techo se vive distinto bajo la lluvia. Mientras abajo la gente se guarece del agua mirando una exposición sobre reinterpretaciones de imágenes de los héroes de la independencia, subo a caminar sobre el techo bajo la lluvia bogotana, tenue, continua, excesivamente fría. El sol del otro día queda en el olvido. El cielo gris se expande desde los cerros y la gente me mira raro cuando ven que pretendo ir al segundo piso. Lo recorro lentamente. Los espacios ya no tienen personas. Me doy cuenta que una de las subidas a la parte más alta del techo está tapada con unas materas. Pero también me doy cuenta que existe la posibilidad de subir más, de llegar a un lugar donde se puede apreciar la ciudad desde otra óptica. Pero seguí caminando por el sitio que había explorado inicialmente. Ya no había gente sentada mirando hacia abajo, sólo estaban los afiches de los escritores mexicanos que adornan el Centro. Sólo se ven las oficinas al fondo, Aviatur, las oficinas del Fondo de Cultura Económica, El Corral. El movimiento de personas se ve dentro de ellas, mientras abajo la gente corre afanada por la lluvia y los carros y buses están en medio del tráfico lento característico de un día de éstos, o de muchos días en la ciudad.
Así, los techos de Salmona se viven de ciertas maneras o, mejor, nos permiten vivir ciertas cosas. El espacio nos permite vivir nuestras experiencias, llenarlo de recuerdos. Son las formas de la arquitectura del edificio lo que permite que esto pase. La posibilidad de habitar, recorrer, acostarse, sentarse en el techo no es algo usual de todos los edificios. La ciudad se vive de una forma distinta en los techos. Este extraño habitar, esta especie de mundo al revés está lleno de momentos que nos permiten ver la ciudad de otra manera, en la cual lo anónimo y lo cotidiano se pueden pensar desde cuerpos que se besan, que se tocan, que posan, que se quedan sentados quietos mientras leen o miran unas bailarinas que se mueven intensamente y un hombre sentado mira el horizonte de la universidad mientras otro hombre lo mira mirar.
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